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Recientemente, en una entrevista, dije que cumplir 60 años
era lo mismo que celebrar los 35 o los 47: tarta de cumpleaños,
velitas, etc. Pero no es exactamente eso, y me gustaría compartir
con mis lectores cómo decidí celebrar esta fecha.
Normalmente, la fiesta de mi cumpleaños es el 19 de marzo,
día de mi santo patrón, San José. Este año,
en febrero, estaba leyendo mi blog, viendo el alma de mis lectores,
cuando tuve un impulso: ¿por qué no invitar a diez
de estas personas a la fiesta? Publiqué el mensaje diciendo
que los primeros que escribiesen serían bienvenidos. Los
diez primeros mensajes que recibí al día siguiente
provenían de muy diversos lugares del planeta: Brasil, Japón,
Inglaterra, Venezuela, Qatar, etc. La fiesta se celebraría
en Puente La Reina, en el Camino de Santiago (esto es, lejos de
aeropuertos o medios de transporte normales). Por otro lado, no
estaba seguro de si mis lectores habían entendido bien mi
mensaje: yo los invitaba a la fiesta, pero no iba a pagar los gastos
del viaje.
Les envié un mensaje de correo electrónico explicándolo.
Los diez respondieron que lo habían entendido perfectamente.
Sentí entonces una inmensa responsabilidad, pero mantuve
mi palabra, y creo que todos acabaron divirtiéndose y que
fue para todos ellos una noche especial (¡para mí al
menos lo fue!). Estos diez lectores mantienen el contacto hasta
hoy.
Fue pasando el tiempo, y llegó la víspera del día
en que nací. Mi plan era hacer lo que hago siempre, y esto
mismo fue lo que ocurrió. El 23 de agosto, a las 23:15, partí
hacia Lourdes para poder estar a las 00:05 del día siguiente,
momento en el que vine al mundo, frente a la gruta de Nuestra Señora,
dar gracias por mi vida hasta ese momento, y pedir protección
para el futuro. Fue un instante cargado de emoción, pero
mientras conducía de regreso a St. Martin (donde tengo un
pequeño molino para pasar el verano) me sentí extremamente
solo. Se lo comenté a mi mujer. -¡Pero fuiste tú
quien quiso que fuera así!- me respondió. Era verdad,
yo lo había elegido, pero empezaba a sentirme incómodo.
Los dos estábamos solos en este enorme planeta.
Conecté mi teléfono móvil. Al momento tocó,
y era Mónica, mi agente y amiga. Llegué a casa, y
allí me esperaban otros recados. Fui a dormir contento, y
al día siguiente comprendí que no había motivos
para haber sentido aquella opresión el día anterior.
Comenzaron a llegar flores, regalos, etc. Miembros de comunidades
de Internet habían hecho cosas extraordinarias a partir de
imágenes y textos míos. Todo había sido organizado,
en la mayoría de los casos, por gente que yo no había
visto en la vida -con la excepción de Márcia Nascimento,
que realizó una labor mágica, y gracias a la cual
ahora puedo decir con alegría: ¡Soy un escritor con
club de fans (del que ella es la presidente mundial)!
Y en ese momento, comprendí dos cosas muy importantes: a)
Por más famoso que uno sea, siempre podrá tener la
sensación de encontrarse solo. b) Por muy desconocido que
sea alguien, siempre estará rodeado de amigos, aunque nunca
les haya visto las caras. Cuando yo no era conocido, tampoco me
faltó nunca una mano extendida cuando la necesité.
Voy a dejar que Kahlil Gibran, con su maestría inigualable,
describa este sentimiento (he tenido que adaptarlo debido al tamaño
de la columna):
«Tu amigo es el campo donde siembras con amor, y cosechas
agradecido. Él es tu hogar, y tu mesa.
»Has de saber que, cuando él esté callado,
a pesar de eso los dos corazones continúan conversando.
»Cuando tengas que separarte de él, no sufras. Pues
por esta ausencia reconocerás más fácilmente
la importancia de la amistad, al igual que un montañero ve
mejor el paisaje que le rodea desde lejos de la planicie.
»Que lo mejor que tengas, puedas compartirlo con tu amigo.
»Permítele conocer y participar no sólo de
tus momentos de alegría, sino también de los momentos
tristes.
»Y entiende que un amigo no está a tu lado para ayudar
a matar el tiempo, sino para ayudarte a tener una vida plena».
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